Protestas en Egipto

 Autor: Andrea Urrutia

El tema de las actuales revueltas en Egipto ha sido comidilla en los periódicos durante los últimos días. Sin embargo, ha sido tomado como un hecho distante en las noticias locales, cuando en realidad es un caso que se asemeja mucho sino a la historia peruana, a la de América Latina.

Hosni Mubarak, militar que asume el cargo de presidente al ser asesinado Anwar-el-Sadat en 1981, lleva encrustado en el poder décadas durante las cuales ha servido a potencias geopolíticas y ha apoyado ataques a otros países limítrofes por sus recursos energéticos. Descrita así, la situación suena familiar. Ahora bien, lo que hace crucial entender lo que ocurre en Egipto es la importancia en sí misma de este lugar: considerada la cuna de la civilización, los procesos políticos en ella marcan una pauta para el resto del continente. Luego de los primeros días de las protestas del 25 de enero, otros se expandieron en Yemen, Jordania, Líbano y Sudán. Hay que recordar que Túnez fue la primera en levantarse contra el entonces dictador Ben Ali, quien después de 23 años huyó del poder asilándose en Arabia Saudita el 14 de enero.

Además de ello, la revolución que se encuentra en formación ha surgido de actores no ligados a la política tradicional, sino que son mujeres y hombres jóvenes que a través del Internet y de medios audiovisuales coordinaron marchas y la actual toma de la plaza Tahrir: la blogger Mona Eltahawy o el ejecutivo de Google recientemente liberado por las autoridades Wael Ghonim son unas de las nuevas caras públicas de este nuevo Egipto, en un movimiento que si bien no fue generado por los ciudadanos de a pie, sí ha sido apoyado por egipcios de todo status social.

Durante el conflicto han surgido también como aliados medios de comunicación: Al Jazeera, la única cadena que transmitió en vivo y por Internet los días más violentos de las protestas, vieron su local en Cairo saqueado y quemado. Decenas de periodistas, entre ellos los de CNN, han sido amenazados, golpeados y retenidos por la policía. Ahmed Mohamed Mahmud, del diario Al Taawun falleció luego que un francotirador le disparara en la cabeza. Si la táctica era amenazar a los medios y hacer que se retiren, trajo el efecto contrario. Las denuncias de tortura, fotos de los heridos y las grabaciones de las agresiones se reproducen sin que el gobierno pueda pararlas.

En un contexto de desempleo creciente y del enriquecimiento de la familia reinante a expensas de dinero extranjero, la explicación de Mubarak por su reticencia a dejar el cargo es el caos que provocaría su partida, y la falta de cultura democrática en el país. La oposición entre caos y orden es significativa, pues no solamente asocia lo racional consigo mismo sino que trata a la población egipcia como no-racional, coaccionada por otros agentes internacionales. El discurso de “ellos solos no podrían haberlo hecho” es historia conocida por estas latitudes: podemos leer cualquiera de las declaraciones de Alan García sobre el Baguazo, de Carlos Mesa sobre las manifestaciones de los cocaleros y de Hugo Chávez sobre todo tema que toque.
Acerca de la cultura democrática, la frase ha sido extremadamente usada para implementar políticas del BID en nuestro continente, y es tomada como medida de éxito de los gobiernos del llamado Tercer Mundo. El concepto se asemeja a la “cultura de la pobreza” de O. Lewis, pues caracteriza a individuos como incapaces de seguir por ellos mismos las reglas de la democracia y buscar su propio bienestar sin la presencia de un régimen autoritario. Este tipo de etiquetas debe ser evitado pues no solamente subestima a los ciudadanos, sino que permite la concentración y la perennización del control político.
En estos mismos instantes, ya se cuentan más de 300 muertos en Egipto, miles de desaparecidos y decenas de miles presentes en la Plaza Tahrir. No solamente es de interés seguir el desarrollo de la revolución en Egipto por sus repercusiones políticas o sociales, sino por su llamado a la democracia: la pelea por un ideal compartido alude a una comunidad global, en la cual todos por igual debemos proteger nuestros derechos y defender el respecto a los ideales democráticos.

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