[Video] Evento: El desarrollo en debate

“El desarrollo en debate”
Revista Anthropía y otras cosas
24 de septiembre del 2014
Norma Correa, Alejandro Diez, Erik Pozo

El desarrollo como temática académica teórico-práctica tiene un lugar central en la antropología de nuestro país, así como en otras disciplinas. Al respecto, en esta ocasión tres antropólogos y docentes de nuestra casa de estudios expusieron algunas de sus principales ideas entorno al devenir del desarrollo como espacio de trabajo de los antropólogos y por lo tanto del saber antropológico como praxis. El punto de partida de sus opiniones fue responder a tres preguntas sugeridas por la revista: 1) ¿Cómo responde la academia a los cambios laborales generados por la proliferación de proyectos de desarrollo? 2) ¿Se puede decir que la antropología ha asumido el imperativo de desarrollo y si es así, cómo este ha sido incorporado a la práctica profesional? 3) ¿Qué posición tiene con respecto al debate sobre la antropología para el desarrollo y la antropología del desarrollo? A continuación, exponemos lo que consideramos los puntos más relevantes de las opiniones de nuestros ponentes invitados.

Erik Pozo

Para el profesor Pozo la academia responde al lugar del desarrollo en el mercado laboral adaptándose a la agenda del Estado, lo cual ocurre en parte por una razón práctica: en el Estado hay fondos de investigación. Existe un incremento de espacio para antropólogos en instituciones estatales, en gestiones donde aportamos y que pueden conviertirse en nuestra preocupación principal como investigadores. Resalta que el financiamiento de investigaciones no abunda para la antropología, es decir, no existe necesariamente seguridad laboral en el campo del desarrollo: es necesaria cierta independencia económica y cierto tiempo para reflexión para proyectos que imponen restricciones, lo cual no siempre es visible para los jóvenes estudiantes recién ingresantes entusiasmados en cambiar el mundo. En ese sentido señala que la antropología es ejercible en otros espacios y labores (como la de “mercenarios de las industrias extractivas”), y que por lo tanto no posee equivalencia con “el antropólogo” como académico (grados, títulos, publicaciones, investigaciones, etc.).

Norma Correa

Correa comenta que como estudiante universitaria partió del interés por mejorar su entorno, y encontró en la antropología una mirada y formación críticas adecuadas para realizar dicha motivación. Por otro lado, entrar al mercado laboral de gestión, investigación y aplicación del desarrollo es una tarea que presenta límites y complicaciones para los antropólogos en la medida que son espacios donde “no somos ni mayoría ni la voz cantante”: la traducción es necesaria dado que nuestro saber no es el hegemónico y existe la tendencia de darle menor valor a la investigación cualitativa. Esta involucra aprender de los registros discursivos de los otros para poder reconocer y exponer nuestros activos como investigadores, y así convencer y defender frente a otros profesionales –en no pocas ocasiones más “empoderados” que nosotros– nuestras hipótesis, buscando vender el financiamiento de nuestras investigaciones como algo justo y necesario (lo que ella denomina “conocer el ecosistema de investigación”). Todo ello conlleva sustentar comparativamente nuestros argumentos, y no solo postularlos como intuiciones. En ese sentido ella valora las limitaciones mencionadas en la medida que exigen al investigador de nuestra profesión ampliar sus habilidades sociales con personas de otras disciplinas y miradas en general.

Para Correa el deber de la antropología respecto al desarrollo involucra principalmente tres cuestiones: 1) estar alerta con recetas/soluciones mágicas a procesos complejos; 2) “ponerle el pare” al esencialismo bien o mal intencionado; y 3) des-culturizar la agenda política: la cultura no explica todo, así postulada pierde rigor y nos ponemos cave a nosotros mismos como antropólogos frente a los demás profesionales. A su vez, considera que existen dos procesos paralelos respecto a la antropología en el desarrollo: el desarrollo como objeto de estudio y antropólogos en el mercado laboral (relaciones).

Respecto a la temática en Latinoamérica, opina que hay “mucha casuística”, con actores en parte guiados por modas, que muchas veces buscan encajan en el “modelo fantaseado del antropólogo”. Para ella las ONGs son un mercado decreciente con menos “proyectos de desarrollo” y más “política pública”: por lo tanto surgen otros actores. Además, señala que en este campo (considerando a los agentes estatales como actores muchas veces protagónicos) existe una predominancia del registro legalista, lo cual debe ser considerado en nuestras estrategias para lidiar con dichos actores. Esta tarea, y en general la formación académica antropológica, debe ser realizada sin subyugar la formación docente a las demandas del mercado: en pocas palabras, debemos saber vender bien nuestros activos profesionales, sin ceder terreno ante exigencias externas que hagan que estos pierdan rigor.

Por último, la profesora Correa sugiere al alumnado aprovechar la tesis y las prácticas de campo para desarrollar habilidades antropológicas y siempre considerar este trabajo/oficio como un “ejercicio de transparencia”.

Alejandro Diez

Para el profesor Diez existe una tendencial distinción en el “discurso de legitimidad” de la antropología como ejercicio: en el “primer mundo” la teoría puede ser vista como lo más noble y la práctica como su “hermano menor”; en cambio, en el tercer mundo existe la tendencia de que los antropólogos trabajen en ambos frentes, moviéndose constantemente en esta línea de continuo teórico y aplicado. Por otro lado, considera que un proyecto puede y ciertamente tiene diferentes lecturas, y en ese sentido siempre triunfa y fracasa a la vez. Para él criticar es algo muy fácil, y en esa medida debemos defender la práctica.

A su vez, resalta tres cuestiones importantes respecto a las habilidades prácticas del ejercicio de la antropología en el campo del desarrollo (y de la profesión en general): 1) la comprensión del fenómeno y por lo tanto de todas las personas involucradas (población, investigadores, gestores, etc.). Este es para él el “dispositivo del desarrollo”; 2) comprender lo que la gente quiere (suponiendo que saben; no siempre está claro ni para ellos ni para uno); 3) considerar que la población ejerce un sentido de la realidad potencialmente diferente al nuestro, y que por ello es tarea de la antropología busca los límites de dichos sentidos divergentes.

Para Diez el mercado laboral es amplio y rico al ser articulado por actores con habilidades externas a lo que nos enseñan, muchas de las cuales envidiamos pues nos serían de suma utilidad para nuestro oficio: en ese sentido menciona a los “sacha-antropólogos”, tales como ingenieros, abogados, etc. que ejercen sus profesiones en posiciones “ideales” para el antropólogo como “puente intercultural”. Por ello resalta la importancia de desarrollar nuestra capacidad para vincularnos con la gente, buscando construir conocimiento sobre las formas locales correctas de relacionarse: la necesidad de construir puentes entre la academia-antropología y otras habilidades y profesiones. Para Diez “la realidad es siempre perversa”, y siempre requeriremos trabajar estas necesidades.

También señala que el éxito de la formación se encuentra en el hecho de que “nos formateamos al interiorizar como obvio un sentido de la realidad antropológico”, donde necesitamos desarrollar reflexión y habilidades sociales. Por otro lado, y en la misma línea que la profesora Correa lamenta que desde otras profesiones los “activos” de nuestra disciplina no sean muy valorados aún, y para ello pone el ejemplo del Estado: el Ministerio de Cultura tiene una división del trabajo que deriva “tareas de patrimonio” a los antropólogos y arqueólogos y la Consulta Previa a los abogados.

Finalmente, y volviendo a la cuestión de la teoría y la práctica, considera que “actuar” (el polo más práctico) es una “tendencia sana a condición de que no sea exclusiva: la antropología se debe dirigir a la práctica”. En ese sentido señala que “el saber por saber es tan legítimo como el saber para transformar”. A su vez, resalta que la antropología de la PUCP es de buen nivel mundial (donde el más mediocre de nosotros posee un nivel académico aceptable en comparación con el mundo), pero que lamentablemente es élite exclusiva en nuestro país. Considerando estos aspectos opina que, respecto a nuestra responsabilidad y ética profesional y humana, “no es tanto dónde o para quién trabajas sino cómo”: en esa medida, tanto teoría y práctica deben estar siempre guiadas por la preocupación respecto a “¿qué efectos tienen mis actos en el contexto que intento cambiar?”

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